“La ópera estaría muerta si no fuera por esa tensión entre conservadores e innovadores”

Claudio Ratier, director de la revista Cantabile y miembro de Buenos Aires Lírica, publicó el libro ‘Ópera por las ramas’ donde revisa los mitos de la ópera en Argentina.

Por Noelia Pirsic

Con el único propósito de reflexionar y sin la pretensión de dar respuestas últimas –así promete en la introducción-, Claudio Ratier compiló en Ópera por las ramas una serie de escritos donde cuestiona los dogmas más arraigados del género lírico. “¿Para qué sirve el Teatro Colón?”, “¿La ópera representa realmente la más alta expresión de la cultura nacional?”, “¿La crítica sirve para algo?”, son solo algunas de las preguntas que propone el escritor a la vez que no ahorra palabras en apoyar a los artistas nacionales en más de una ocasión: “Es una lástima que algunos se empecinen en no ver las cualidades de los protagonistas de sus tiempos”, asevera.

Los catorce textos que conforman el volumen, impreso bajo el sello independiente Editores Argentinos,  aparecieron en la revista Cantabile entre mayo de 2011 y noviembre de 2013, publicación que dirigió desde sus inicios en 1999 y que dejó de salir a mediados del año pasado, solo algunos meses después de que Buenos Aires Lírica (BAL) –compañía privada de la cual formaba parte- anunciara su retiro de la cartelera por tiempo indeterminado. Todos los escritos fueron revisados por el mismo autor y en algunos casos incluyen comentarios desde la perspectiva del hoy.

A pesar de no dedicarse al rubro editorial actualmente, Ratier no tiene planes de abandonar la lectura ni la escritura. Desde su escritorio, enmarcado en su biblioteca y retratos de su familia de artistas y consanguíneos, va de rama en rama sobre distintos aspectos que hacen al género: el tradicionalismo en la ópera, el rol del estado, los cambios en el público, el circuito oficial, el privado y el under.

En tu libro hay una crítica constante al conservadurismo. ¿Por qué elegiste dedicarte a uno de los ámbitos artísticos más conservadores?

En todo caso, el conservador es el público. Sabemos que el arte está más allá de eso. Sí sé que el de la ópera es un público especialmente conservador al que le gusta la repetición de las cosas. No se abre a cosas nuevas, es difícil.

Muchos de los textos que forman parte de ‘Ópera por las ramas’ expresan posturas contrarias a las de este tipo de público. Cuando publicabas estos escritos en Cantábile,  ¿recibías respuesta por parte de los lectores?

En general, cuando la gente se dirige a uno es para putearlo porque algo no le gustó. Cuando gusta, por lo general no te dicen nada. Había alguien, un lector que me escribió varias veces. Lo más alarmante de él es que creo que era una persona joven y para colmo estaba suscripto a la revista, es decir, pagaba por recibirla. Si no te gusta la línea editorial, ¿para qué la vas a pagar? Me escribía y me decía: “Mucha política, poca ópera”.  En otros casos, me pasó al revés. En una entrega publiqué un relato, un cuento denominado “Atentado en la ópera”: una ucronía que transcurre en el año ’80 en una representación de Fidelio en la que un chico adoctrinado aparentemente por Montoneros tira una bomba en el Teatro Colón y destruye a la cúpula militar. Me sorprendió que un señor me escribiera diciendo que le había gustado mucho.

¿Cómo surge Cantabile?

Fue por el año 98, 99. Graciela Nobilo, directora editorial de la revista, estaba en la carrera de Edición. Yo hacía algunos años estaba de colaborador en pequeños espacios en La Nación, dos o tres veces a la semana. Cubría el off de la música clásica, todo lo que estaba por fuera del circuito oficial, que era mucho. Me llegaba mucha información que merecía ser publicada, de la cual un 90% tenía que ir a parar a un tacho de basura ya que los espacios en los medios son muy acotados.  Ahí se nos fue haciendo la idea de tener una revista de música clásica de distribución gratuita. Cantabile fue el trabajo que ella hizo para recibirse y luego se convirtió en una realidad. Salimos en 1999 con una tirada chiquita que gustó y causó mucha sensación, y fue mejorando mucho a nivel editorial. Abarcaba ambos ámbitos de la ópera: las notas de tapa siempre apuntaban a lo oficial y en la agenda metíamos absolutamente todo. La agenda era una de las razones fundamentales de hacer una revista.

¿Por qué elegiste el rubro de la música clásica para escribir?

Siempre tuve interés por la música clásica y creo que es muy importante en la vida y en la formación de uno. En mi casa se escuchaba de todo: tengo una característica generacional de ser omnívoro. Considero que el término “música clásica” está en estado crítico. Pienso que Abbey Road, por dar un ejemplo, también sería música clásica. Dentro de todo eso que escuchaba en mi casa, me especialicé en la ópera, por decirlo de alguna manera. No es algo que me hayan transmitido directamente, mi padre detestaba ese género. Fue una cosa mía.

Una de las actualizaciones que Ratier hizo para la edición del libro tiene que ver con los cambios en el público. Según explica el escritor en uno de los ensayos publicados, “el Teatro Colón fue creado por la élite dominante de principios de siglo pasado (…) la ópera en sí era una expresión cultural que la representaba inequívocamente”. Esta asociación entre el género lírico y las clases altas aún hoy aleja a gran parte de la audiencia, sumado a los costos de las entradas en ese espacio. A esto se le suman otros cambios en este siglo que redujeron aún más la afluencia de espectadores.

“Era muy distinto antes, aunque cueste creerlo –afirma el autor-. La crisis de público que hay no es solo argentina, es mundial. Los teatros no saben qué hacer para llenar como en otras épocas. El viejo público se muere y el recambio generacional viene muy, muy lento. Cuando BAL empezó, en el año 2003, no había iPhone, internet llevaba algunos años pero no era lo que es ahora, no había Netflix ni transmisiones en vivo desde el Met. Actualmente hay muchas cosas con las cuales distraerte sin salir de tu casa. Sumado a que cuando nace BAL, el Colón estaba entrando en una franca decadencia por fuera y por dentro”.

¿Cómo era el público de BAL?

Había de todo. Había gente que nos seguía férreamente. Y después había casos, como cuando hicimos Las Bodas de Fígaro con una puesta de Lombardero en 2005. Había un señor que por ese entonces tenía dos palcos y renunció al abono porque dijo que no podía llevar a sus hijos a ver eso. El público en general es reacio a las puestas que muestran un concepto moderno. Es la eterna polémica, la eterna discusión que mantiene viva a la ópera. A mí ver La Traviata de miriñaque no me interesa. Hay otra gente a la que sí. La ópera estaría muerta si no fuera por esa tensión entre conservadores e innovadores.

Es llamativo que Cantabile dejase de salir apenas seis meses después de que BAL anunciara que no seguiría produciendo.

En el caso de Cantabile, jamás tuvo precio de tapa, siempre se entregó de forma gratuita, solo pagaban los gastos de envío quienes la querían recibir en su casa. Durante años, la revista se bancó con publicidad. Hubo un buen momento y luego empezó a caer. A veces había algún gerente melómano que ponía avisos, pero si por alguna razón abandonaba su puesto, y al que lo reemplazaba no le importaba la música, no continuaba publicitando. Fue Mecenazgo lo que le alargó la vida a la revista. Pero se cortó ese apoyo, y se cortó Cantábile.  Para cuando cerramos, con lo que se conseguía de avisos publicitarios, no se cubrían ni los gastos de imprenta para sostener una publicación de la calidad que teníamos.  Me parece bien que Mecenazgo considere que llegó el momento de apoyar a otros, pero en algunos casos, si te sueltan la mano, te matan. No es una cuestión de negligencia. Sin sponsors, la música clásica básicamente deja de existir.

En el caso de BAL, se debe a más cosas. Por un lado, la ópera debe ser uno de los espectáculos más caros que existe y que no es rentable en ningún lugar del mundo. En el modelo europeo, banca el estado. Estados Unidos es el único lugar donde el patrocinio funciona porque es una cultura de la donación, porque para el empresario norteamericano poner plata en cultura es prestigiarse. Para el empresario local, hacer eso es tirar plata. Con BAL está el problema global del cual Argentina es parte que es la falta de público. Por otro lado, está la crisis local en la que una de las partes más golpeadas es el teatro y así resulta imposible continuar. No se puede seguir sin público y sin apoyo. Y aún vendiendo la totalidad del teatro, con Mecenazgo y todo, así tampoco alcanza. Los organizadores de ciclos de ópera y de conciertos tienen además la necesidad de vender el abono anual. Al estar tan instalados en el mercado los sistemas online de venta de entradas, el público prescinde cada vez más del abono y solo compra aquello que le interesa entre lo que se dará en el año, sin tener que salir de su casa para renovar o comprar un abono completo.

A la vez que afirma que es muy probable que el género lírico siempre sea del interés de una porción muy reducida de la sociedad, el autor sostiene que es deber del estado sostener actividades como las que se realizan en el Teatro Colón, ya que los emprendimientos culturales a cargo del estado no deberían medirse en base a su rentabilidad.

¿Qué políticas creés que deberían implementarse para volver a la lírica un poco más accesible al público en general?

Yo creo que quien tiene todos los recursos para trabajar sobre esto es el Teatro Colón. Pero a la directora de esa institución le tocan el tema –como lo hicieron en una entrevista recientemente- de por qué lleva expresiones musicales que no tienen nada que ver con el teatro lírico, y te contesta: “Quizás si una persona va a escuchar bailanta en el Teatro Colón, vuelva al teatro a ver otra cosa más adelante”. La teoría del derrame ahí tampoco funciona.

Es muy lamentable cómo pudiendo ser ellos mismos los que hagan políticas, pero políticas en serio, para acercar al público a la ópera, no lo hacen. Poner un espectáculo en la Plaza del Vaticano está bien pero, si tenés los recursos, si tenés todo, hacé un ciclo, poné la ópera, el ballet y los conciertos con una entrada realmente accesible, para que la gente vaya, como en su momento se hizo con la campaña ‘El Colón por dos pesos’.  Dado que es un teatro bancado por el ciudadano con sus impuestos, debe hacer ciclos realmente accesibles y promocionarlos. Cuando yo estaba en el secundario había un abono para estudiantes, son cosas que tendría que haber. Nadie tiene la fórmula definitiva para atraer público a la ópera, ¿pero no hacer nada? Regalan entradas a lo pavote y a veces ni siquiera hay para los periodistas.

¿A qué creés que se debe el hecho de que contratan tantos cantantes del extranjero, teniendo tan buenos artistas nacionales?

Yo digo siempre: si se justifica, ya sea porque es mejor que alguien de acá o porque puede hacer algo que alguien de acá no puede hacer, bienvenido. Pero, sino, no se justifica. Los momentos en los que se recurre a los artistas locales es en la época de vacas flacas. Yo creo que eso se debe a muchas cosas. Hay un mundo que no conozco, que es el de las agencias internacionales, y creo que deben condicionar mucho también. Y es así como la gran mayoría de los solistas trabajan en coros.

¿Cómo se sostiene la ópera fuera del Teatro Colón hoy por hoy en Buenos Aires?

En mi experiencia, no hay una solución para eso. Nosotros con Buenos Aires Lírica no pudimos seguir. Hoy por hoy el cuadro de situación es: después del Teatro Colón, viene el under, que es distinto de la ópera privada. El público de BAL esperaba una cosa diferente de las que ofrece el under, que a su vez tiene muy buenas propuestas.


El mismo Ratier prácticamente ha dejado de ir a la ópera. Recuerda con satisfacción haber presenciado la Suor Angelica que presentó Lírica Lado B en el Templo Escondido del Museo Santa Felicitas el año pasado. “Fue un trabajo excelente”, subraya. Él ya no tiene deseos de volver a producir, ni de publicar otra revista. Ambas cosas le resultan imposibles. El pesimismo llama a su puerta con insistencia. Como productor, le resulta muy desalentador ver cómo una puerta se cierra detrás de la otra. “Te dicen que busques plata de las empresas, pero las empresas son tremendas, especialmente en esta época en la que tienen un motivo real para quejarse”, se lamenta. Continúa volcando palabras apasionadas en el papel, sin el afán de convencer a nadie. Lo que lo mueve es el acto de escribir: “Hay cosas que valen la pena ser consideradas, escribir acerca de ellas. Para mí pensar es entender”.

Libro: “Ópera por las ramas | Disgresiones desde el género lírico”
de Claudio Ratier. Prólogo de Pablo Gianera. 
Editado por Editores Argentinos.

Se puede adquirir en las librerías Hernández, Norte, Caleidoscopio Libros, Queleer, De la Mancha Libros, Soho Libros, Eterna Cadencia Libros, Arcadia Libros, El Enebro San Isidro y Waldhuter. También en www.eeaa.com.ar

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