No hay dos sin tres

El barítono Víctor Torres se suma como invitado al espectáculo Ópera Queer de lxs hermanxs Gyldenfeldt en Casa Brandon, junto a Bea Odoriz en dirección escénica y Fernando Britos al piano.

Texto y fotografía: Noelia Pirsic

En la casa de Victor Torres

En la casa de Victor Torres

Tras la puerta de entrada del departamento sobre la calle Viamonte, se oyen tres cantantes entonando la melodía más dulce de la ópera Così fan tutte de Mozart: Soave sia il vento. Las voces se entremezclan, ondulantes. El terceto tiene una sola estrofa que repite:

Suave sea el viento,
tranquila la ola
y todo elemento
benigno responda
a nuestro deseo

El compositor la escribió para una soprano, una mezzosoprano y un bajo pero, en este mediodía de sol invernal, está siendo interpretada por tres cantantes líricos catalogados como barítonos. Luego del último acorde, el dueño de casa abre la puerta. Desde su metro noventa y cuatro, en pantuflas, se presenta, con voz cavernosa y serena: ‘Víctor, mucho gusto’. Y conduce a la pequeña sala de estudio donde está sucediendo el primer encuentro.

Vuelven a cantarla. Los gemelos Luis –Lucho- y Fernando –Ferni- de Gyldenfeldt siguen la música ubicados a cada lado del piano. Están emocionados o, mejor dicho, emocionadxs. Nunca imaginaron que estarían armonizando junto a uno de lxs cantantes que más admiran: Víctor Torres, barítono de trayectoria internacional, que ha actuado en el Teatro Colón, en la Ópera de la Bastilla, en el Gran Teatro de Ginebra, en la Ópera de Lyon, en la Staatsoper de Berlín, y la lista sigue y seguirá. Hace poco llegó de Francia. Esta tarde, lo conocen sin disfraces: en su intimidad de entrecasa, en su valle de partituras, cebando mate y compartiendo galletitas de membrillo entre compás y compás.

– Ópera Queer son ellos dos –aclara Torres, señalando a lxs hermanxs -. Me enteré de que existe el espectáculo porque soy parte del ambiente. De los dos ambientes, si se quiere, del ambiente musical y del ambiente gay.

Torres es amigo de Graciela de Gyldenfeldt, reconocida soprano radicada en Europa, quien hace mucho le habló de sus sobrinxs que habían elegido ser cantantes. Lucho se acercó una vez al conservatorio donde el barítono da clase para pedirle unos libros para rendir un examen –‘los tengo, me saqué un diez, me recibí, gracias’, acota-, a Ferni se lo cruzó en Radio Nacional y se saludaron alguna vez. Es tanto lo que lo admiran que nunca se habrían animado a invitarlo a participar del espectáculo que llevan adelante desde 2017. Fue Lisa Kerner de Casa Brandon –centro cultural LGBTIQ+- quien lo convocó a subirse al escenario con ellxs.

– Yo no sé si ‘legitimar’ sería la palabra. La cambiaría. Diría compartir y apoyar. Compartir, sobre todo. Modos, maneras. A mí me tocó hacer de mujer una vez en una ópera y fui muy feliz. Creo que fue una de las cosas que más me gustó hacer en mi vida. Si ves las fotos, parezco un camionero vestido de mujer pero yo me sentía una mina total. Fue muy lindo hacer eso –recuerda Torres y vuelve a decir, como evocando: “Me sentí muy feliz”.

Muy feliz. Cuando habla, como si estuviera recitando una poesía, acentúa ‘muy’ y transmite un dejo de placer en ‘feliz’. Así logra transportar a sus oyentes a ese momento, a esa emoción.

– Es una época muy difícil para trabajar de cantante y hay que inventar algo. E inventar sobre la base de los deseos. Creo que el espectáculo de ellos sale de una necesidad, de una relación de hermanos, de amor. No vi el show. Yo me confío en todos esos datos que te di.

Ópera Queer se gestó con el objetivo de deconstruir el género en dos sentidos: en el musical –el género ópera-, y también en el aspecto de la vocalidad. Lucho canta en clave de soprano y su hermanx de barítono, aunque también puede sorprender como mezzo. No solo entonan arias y dúos sino también música folclórica y zarzuela. Reproducen esos cuadros de su infancia cuando recreaban escenas de La Sirenita, entre otros juegos teatrales y musicales que inventaban, que de a poco fueron incluyendo repertorio lírico.

– Todo esto tiene que ver un poco con el chiste que hizo Víctor, sobre cuál de los dos ambientes –explica Ferni-. Ejecutamos en vivo una deconstrucción de ambos géneros. No desde una burla, sino de una revisión de lo que ha operado en este género. Cuestiones que tienen que ver con lo binario, con lo estructural. Lucho canta como sopranista y genera la pregunta: ¿Qué nos pasa si alguien tiene la posibilidad, el don, la técnica, puede cantar una Sonnambula con barba? ¿Por qué estás catalogadx como barítono pero cantás de sopranista, vestidx así? Lo hacemos desde el respeto y abordaje que nos permiten estos años de estudio y demás.

En la casa de Victor Torres

El show empezó como un número en el marco de una varieté en Casa Brandon, pero al tiempo se independizó y se convirtió primero en una idea llamada Líricxs con desvelo, que pronto se tradujo al nombre actual. Sobre la marcha, se fueron dando cuenta de que preferían actuar en lugares tranquilos, no tan bolicheros, para que no hubiera interferencia en la comunicación entre intérprete y público.

En enero de este año, se presentaron en el Festival de la Diversidad en El Bolsón, donde fueron escuchadxs por cientos de compañerxs, como también por una referente del artivismo –arte y activismo- trans, Susy Shock. En medio de un fogón, cantaron a cappella el dúo de amor entre El Conde y Leonora de la ópera Il Trovatore (Verdi) ante cuatrocientas personas, en un silencio cargado de fascinación y respeto. Luego lo repitieron bajo el toldo de un puesto de feria, y volvió a ocurrir. Lxs niñxs lxs miraban boquiabiertos. “Yo nunca escuché ópera, pero lo que ustedes hacen me emociona”, les dijo una mujer, llorando. Entre los asistentes estaba el periodista Dani Umpi, que se inspiró para escribir sobre ellxs en el suplemento Soy de Página/12: “Maquillaje impactante, chalinas aseñoradas, una guitarra y una canción emotiva que pedía fogón para algunos ya era suficiente, pidieron ‘otra’ y, como si no estuviera planeado, el show continuó con ellos de pie, un vestido negro ajustadísimo, labios rojos carmín, voces de ángeles e infiernos y un manejo del público formidable“.

– Lo que pasó en el Festival representó para nosotrxs un reconocimiento enorme –señala Ferni-. La ópera está viva, tiene ese efecto, esa implicancia, y genera este impacto cuando la gente lo puede escuchar desde el corazón. Cuando la propuesta es fresca, nueva, genuina, me parece que es algo muy hermoso, ¿no?

Víctor lxs escucha, sin interrumpir. Antes de la entrevista, hubo una breve sesión de fotos. Lxs gemelxs sacaron de sus mochilas sus labiales y chalinas. ‘Trajimos estos anteojos para que te pongas’, le proponen al maestro. Unas gafas doradas de carnaval carioca. El barítono, vestido de gris y negro, se las calza sin problemas.

– Yo sentí la necesidad de deconstruir, pero no cantando una parte de soprano –explica Torres en su tono acompasado-. Sí usando la voz de una manera distinta. Siendo más delicado para cantar algunas cosas y no siempre tan muscular. Yo no usaba ‘deconstruir’ porque la palabra no existía cuando era joven, pero siempre tuve ganas de cuestionar, desde lo musical. Creo que Rigoletto no está tan lejos de una canción de Schubert, y a su vez Schubert no está tan lejos de Atahualpa Yupanqui. No es que todo sea igual, pero sí está todo conectado. En mi caso, siempre busqué, desde la vocalidad, la suavidad en el canto. Igualmente, uno aprende a cantar estas cosas de la forma ‘como hay que hacerlas’, porque sino no te contratan.

Deconstruir. Medita. “Me gusta porque es una palabra más delicada –agrega-. Sin romper nada. No hay que romper nada. Hay que usar lo maravilloso que hay, pero volver para ver qué hay ahí, porque no es lo que me dijeron que era. Miro la partitura y veo que puede ser otra cosa”.

– Como leer La Biblia.
– ¡Claro! Una cosa es leer La Biblia y otra que te la cuenten. Pero cuando te la cuentan, te dicen otra versión. Debe ser un libro interesante, nunca lo leí.

Estallan en carcajadas al unísono. Cada vez que irrumpe la comicidad, lxs Gyldenfeldt parecieran no poder creer estar riéndose a la par de su maestro, encontrando gracia en las mismas cosas, complicidades. “Siempre fue una referencia, estudiaba escuchándolo a él. Me sorprendió cuando luego de un concierto de canción francesa hizo música popular como un bis. En su canto siempre prevaleció la música y eso es fantástico, poder emocionarse de escuchar a otrx intérprete. Me dije: ‘Si existen cantantes así, me imagino que se puede ser de esa forma’”, recuerda Luis.

– Yo siempre quise hacer música. Cuando conocés algo y te gusta y te emociona, querés que el otro sienta lo mismo, compartir esa emoción –afirma Torres-. La ópera fue un modus vivendi. Es lo que te da dinero. Me gusta, y de hecho canté un montón de ópera, pero lo que siempre me gustó es cantar canciones.

En la casa de Victor Torres

Víctor está relacionado con la lírica desde chiquito. Su familia se reunía a escuchar Rigoletto. Siempre ponían el final, el lado seis del disco tres, en vinilo, y lloraban en torno al tocadiscos. “No sé si entendíamos bien la historia”, confiesa. “Mi vieja, muy dramática, ponía a María Callas, se soltaba el pelo y se tiraba en el pasto del jardín. Íbamos al teatro, pero no tanto a la ópera. El teatro -suspira-. Mundo raro. Es un mundo distinto. Estamos tan insertados en la realidad como cualquiera, pero es un mundo aparte también. Un lugar donde se puede jugar con la imaginación, con los deseos, darse los gustos que no se puede dar en la vida cotidiana. Es un lugar privilegiado el de los artistas”. Luego rememora que sí, hubo una vez, fuera del escenario, en que con un amigo ya fallecido cantaron Suor Angelica, con el barítono interpretando a la Zia Principessa.

Agenda en mano, lxs tres coordinan ensayos, pasadas musicales y escénicas. Bea Odoriz, profesora de teatro de lxs gemelxs durante seis años, conducirá la dramaturgia. La cita es en diez días.

– Yo tengo que irrumpir en el mundo de ellos –aclara Víctor-, ellos ya tienen su mundo armado. Lo mío es meterme. Por ahí terminamos tomando el té.
– Va a ser un poco eso –replica Lucho.
– El vínculo que aparece entre nosotrxs dos en escena es siempre una cuestión de rivalidad, donde yo veo cómo Luis de sopranista se ensalsa en su propia cuestión, con filados y notas que a veces duran treinta segundos, y yo me quedo ahí tomando mate. Vamos a ver qué pasa cuando aparezca Víctor, por ahí esta pelea se profundice más con la presencia de él, como un factor más de disputa –anticipa Ferni.
– Al parecer, va a ser una cosa fresca como una torta. La torta se hace, y se come –señala Víctor, divertido.

Queer se traduce como ‘raro’. “Este es medio rarito, ¿no? Se decía despectivamente”, sugiere Torres. “La idea es reapropiarse de esas palabras que en su momento fueron insultos, como rarito, marica. Construir a partir de ahí, de ese insulto que dolió”, responde Lucho. “Ah, claro, como la agrupación política que se llamaba Putos Peronistas”, añade el maestro.

– Siempre fue complejo el tema de la sexualidad. Hoy en el Teatro Colón hay casos precisos de gente que se autopercibe de otro género y canta en la cuerda que le corresponde según esa vocalidad, como si Lucho cantara en la cuerda de soprano –destaca el barítono-. Con el tema de la sexualidad, es como en el fútbol. Pasa de todo, pero no se dice. La lírica siempre fue muy, muy sexual. Es un mundo muy sexual, aunque creo que en esta época lo es menos. Me da la sensación de que hay menos contacto real y más de otro tipo.

El tiempo transcurre suave y ondulante entre melodías de Donizetti, Puccini, Mozart, Bellini. Torres aclara que el desorden en su biblioteca se debe a que tuvo que guardar todo rápido antes de salir de viaje. Lxs hermanxs escarban hasta encontrar el dúo de Don Pasquale. Cotejan el tempo entre los tres. Víctor toca, se equivoca, gruñe, vuelve a tocar.

– Yo me uno a ustedes desde el mismo piso. No sé nada de lo que voy a hacer, ni cómo va a salir, no vengo desde ninguna postura.
– Esa es tu grandeza, tu humildad, tu humanidad –le dice Lucho.
– ¡No! Tenés que decepcionarte un poco –retruca-. Vas a terminar diciendo ‘Ay, pero este, ¿qué está haciendo? Qué plomo…’.

En la casa de Victor Torres

Ferni estuvo averiguando cómo se implementa el lenguaje inclusivo en italiano y francés, ya que la mayoría de las arias que cantan son en ese idioma. En su último show, lo utilizaron en una zarzuela en español.

– Entiendo que en el francés algunas agrupaciones feministas armaron plurales alternativos. En inglés no hace falta, porque ‘it’ no tiene género, pero en las lenguas latinas siempre el plural está referido al masculino.
– En italiano, el femenino se pluraliza en ‘e’, y el masculino se pluraliza en ‘i’. Así que solo queda la ‘u’ –indica Torres-. Entonces abría que decir, por ejemplo, ¿‘sono stancu’?
– Ragazzu, ¡ascoltatu! – arroja Lucho y reanudan las carcajadas.

Este año, se cumplen treinta desde que el barítono empezó a cantar. Sitúa en 1988 su comienzo en esta profesión, en una Traviata que se hizo en el Parque Centenario. Dice que hace rato es el más grande entre los elencos, pero no se siente viejo. “Son momentos duros para ser cantante, pero siempre se arma algo”, explica. “En mis inicios, tuve también una familia que me permitió hacer lo que quería y, hasta que empezase yo a ganar dinero, me bancaban”.

Entre las partituras sobre el piano, se encuentra una de Martín Matalón, músico argentino contemporáneo. El barítono la está preparando para un espectáculo de películas del cineasta Buñuel musicalizadas por el compositor que se estrena en pocos días. “A mí siempre me gustó aportar con la gente que escribe porque, si se acaba esa gente, ¿cómo seguimos?”, se pregunta.

En la casa de Victor Torres

– Te quería contar algo, relacionado a esto de querer diferenciarse. Apenas ingresé en el Instituto Superior del Teatro Colón (ISATC), me puse un aro en la oreja. Iba a los exámenes con el pelo corto y una colita toda teñida de rubio, vestido con ropa militar. Camuflado y con botas. Tanto que una profesora me decía: ‘Ay, Torres, ¿pero por qué se viste así? ¡Usted no es así!’. No, no soy como me visto, pero me visto así, ¿y por qué tengo que ser así?. Era como decir: ‘Me vas a poner un diez porque canto bien, no porque tengo gomina en el pelo o traje’.

La colita se la cortó cuando quiso, y del arito ya no queda ni el agujero. Es más, cree que seguramente tampoco exista la galería donde se lo hizo -llamada ‘Churba’-, que quedaba en Juramento y Cabildo. En esos tiempos, según en qué oreja lo llevaras, era sinónimo de que eras heterosexual o gay. Ese día, le pidió a la chica que hiciera la perforación en el lado que significaba que no era homosexual, pero se equivocó.

– En realidad, no me importaba demasiado. Yo ya tenía asumida mi sexualidad, pero no era cuestión de andar diciendo ‘yo soy puto’, no importaba. Igual se equivocaron –se ríe-. En esa época, era más oculto. Pero de todas maneras, sí, he vivido épocas de represión, no solo por el tema de los gobiernos, sino por cómo era la cultura en ese entonces.
– ¿Ahora es más flexible?
– Ahora es más flexible, sí. Igual la rigidez está en la cabeza de cada uno. La flexibilidad no es cualquier cosa: es aceptar estar en el mundo como es, y aceptarse uno como es, y después todo el resto es igual.
– A veces, a la gente le da miedo.
– Eso es porque la estructura que tienen no es tan sólida. Hay que mantenerla. Todos los días uno está poniendo arreglos en la estructura porque sino, ¡se cae todo el cairel! – gesticula-. Se desarma la lámpara enseguida. Y después es mucho mejor. Como un documental que estaba viendo en Netflix, sobre la gente minimalista, que decidió vivir con poco porque se dieron cuenta de que no eran felices por lo que tenían, y ahora son felices. Eso es raro, ¿no? Qué mundo raro.

Silencio. Suspiros.

– Pero que a este desorden de partituras, no te lo saquen –le dice Luis señalando las decenas de cuadernos y hojas apiladas por doquier en el pequeño estudio.
– No, pero las partituras son alimento –responde Víctor.
– Y sí, son alimento –afirma Ferni, pensativo-. Qué suerte que tenemos la música.
– Alimento –susurra Víctor.
– Ajá.
– Sí… porque nos da libertad pero también nos da cierto orden –reflexiona Ferni- Te nutre, ¿no?
– Te nutre y organiza. Es como si uno entrara a una habitación desordenada –expone Víctor, rodeado de sus libros-. Y de repente, inventás un orden propio. Otro, seguramente, lo ordenaría de forma distinta.

Ópera Queer con Víctor Torres como invitado, Bea Odoriz en dirección escénica y Fernando Britos al piano, se presenta por única vez el miércoles 25 de julio a las 21 hs en Casa Brandon (Luis María Drago, 236, CABA). Entrada: $150

  1. Muy buena y extensa nota, cariños,Sara

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