Un paladar entrenado para la ópera

Víctor Hugo Morales repasa treinta años consecutivos de romance con la ópera en Argentina y alrededor del mundo.

Texto: Noelia Pirsic y Fernando Leone | Fotografías: Noelia Pirsic

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En una de las poquísimas fotos subidas al Instagram oficial de Víctor Hugo Morales durante su estadía en Rusia este año, se lo ve sentado en la platea del Teatro Bolshói de Moscú adonde fue a ver La Traviata, una ópera que asegura haber presenciado al menos cincuenta veces. Aunque no consta en las redes, también visitó el Mariinski de San Petersburgo durante ese mismo viaje para disfrutar La Bayadera por cuarta o quinta oportunidad en su vida. Antes de tomarse el avión de regreso a Buenos Aires, pasó por París, en donde lo primero que hizo fue ir a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre para revivir el  goce de oír la voz de Dios encarnada en un contratenor.

Recién dos días antes de dejar Rusia, pudo escaparse para conocer el Ballet Folclórico de Moscú, ya que las jornadas de trabajo en el marco de la Copa Mundial de Fútbol 2018 a veces eran muy extensas y no lograba hacer coincidir los horarios. Asistiendo a estos espectáculos, aliviaba la pena de estar perdiéndose de Tristán e Isolda en el Teatro Colón en Buenos Aires.

Recién llegado de Ezeiza, a horas de comenzar su programa en C5N y sin haber dormido, se sorprende al ingresar al edificio y descubrir que ya tenía en agenda una entrevista. “¿Para hablar sobre ópera? Dale”, responde sin titubear y se acomoda en una de las sillas para discurrir sobre una de sus mayores pasiones.

¿Cómo empieza tu relación con la ópera?

Con viajes. Justamente en París, ahí en Saint-Julien-le-Pauvre, hay una especie de big bang de mi vida en vinculación con lo que es la ópera y la música en general. Porque he sido un viajero compulsivo, y en los años ‘70 y ‘80 no viajaba con la misma disponibilidad económica que tengo hoy en día. El día se te hace largo si sos turista y necesitás cosas baratas. Entonces me metía en las iglesias: Saint-Julien-le-Pauvre, La Madeleine, la Santa Chapelle, donde había conciertos. Después solía comprar los discos que los propios intérpretes vendían en la puerta. Así fui haciendo mi primera discoteca de cuatro, cinco, diez cassettes -en aquella época-, después CDs. Cuando me vine a Buenos Aires, lo que en principio en Montevideo habían sido tres o cuatro óperas –muchos más conciertos, eso sí- se expande en función de la relación con el Colón, sobre todo a partir de los años ‘88, ’89, en adelante.

En el Colón tuviste un abono que fue bajando de piso.

En el Colón empecé con la ópera con un Abono Nocturno que era los viernes. Y los viernes empezó a haber fútbol en la Argentina, entonces yo tenía que salir de ese día porque me perdía muchas funciones. Detecté que los martes, el día del Gran Abono, es el único de la semana en el que históricamente no hay fútbol, prácticamente sin excepción. Así que me pasé a ese, y al hacerlo tuve que empezar por la última fila. Pero eso fue en los años ‘90, ‘92 o ‘93. Progresivamente empecé en cada año, en cada renovación, a ir más adelante porque, además del hecho teatral, me gusta ver a los cantantes de cerca: de lejos se pierde mucho en ese rubro. Aunque se gana en una perspectiva de la puesta, en una idea más cabal de la intención del régisseur. Ahora tengo la primera fila desde hace años del Gran Abono.

¿Cómo te sentís en ese lugar de la platea, en el abono más caro,  al que la gente va hasta a hacer algunos negocios? Siendo que además los sponsors del lugar son La Rural, Clarín…

Me resulta indiferente, uno llega cinco minutos antes de la ópera y se va cuando termina. A mí nunca nadie me ha molestado ni creo que se animen a hacerlo personas que en algún caso te pueden mirar como: “Mirá ese”. Pero nunca he tenido ninguna situación disgustante en el Colón. Indudablemente no les debo gustar, pero tampoco muchos de ellos me gustan a mí y esto no cambia ninguna ecuación, yo voy a ver la ópera. Y voy en ese abono porque es el único que me permite asistir, salvo cuando estoy de viaje.

¿Hay alguna razón en especial por la que viste La Traviata más de cincuenta veces?

Ocurre lo siguiente: hasta hace diez años más o menos, yo no tenía tanto trabajo como en éste momento. Y, por ejemplo, cada vez que se daba Traviata, Carmen o Bohème -las preferidas-, iba a tres o cuatro funciones. Lo sigo haciendo, todas las óperas las veo dos veces, para ver los dos elencos: el nacional y el internacional. Primero, porque el nacional yo sé que es muy bueno y, segundo, porque está ahí gente amiga que conozco de los otros teatros a los que voy. Voy mucho al Roma, al Teatro Argentino, veo mucha presentación individual de los cantantes en distintos ámbitos, las puestas especiales que han ocurrido en otros teatros como el Coliseo. Sigo mucho a los artistas locales, a muchos los conozco desde que empezaron.

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Durante un tiempo, Víctor Hugo realizaba una vez por mes reuniones musicales con amigos en su casa que incluían la contratación de artistas. “Hasta llegamos a hacer óperas de cámara, sextetos”, rememora y aclara que no incluían grandes orquestas por cuestiones de espacio. “En ese living teníamos un piano y allí hacíamos los eventos, se me iba la vida en hacerlos, llegamos a recibir sesenta personas”. La costumbre se discontinuó cuando se mudaron a otro departamento.

¿Pensás que quienes disfrutan del arte deben hacer algo para fomentarlo?

Pienso que toda persona que tenga la posibilidad económica y que ama esto tiene la responsabilidad –debería- financiar, no te digo una obra de teatro porque es muy complejo, pero por ejemplo: los chicos necesitan becas, necesitan un maestro, un posgrado, la experiencia de estar afuera. Supongo que hay muchas personas que lo hacen y las valoro muchísimo.

¿Por qué, si te gusta tanto la música, nunca intentaste tocar un instrumento, cantar, o acercarte de algún modo que no sea como espectador?

Porque no tengo el más mínimo talento y tengo fuerte autocrítica. No tengo talento ni siquiera para cantar, que sería más fácil con la buena voz que tengo. Una vez a Miguel Bebán, que era el padre de Rodolfo Bebán, en Uruguay, se le ocurrió hacer una comedia musical conmigo. Me vino a ver y yo le aclaré que no sabía cantar y él me dijo: “Cantar se canta si uno quiere, yo te voy a juntar con Federico García Vigil”, que es el director musical más importante que hay en Uruguay, y que es mi amigo personal. Fui a verlo en aquel momento y al principio me dijo lo mismo: “Víctor Hugo, no hay quien no pueda cantar, vamos a empezar”. A la media hora o cuarenta y cinco minutos me dice: “Vos sabés que es misterioso… ¡realmente no podés! Tenés como una obstrucción”. No conseguía dar nada. Esa es la anécdota en el mundo artístico: mi imposibilidad.

Pero me parece que está bien, porque entre haber sido un artista más o menos, si hubiera tenido algún talento para cantar, o ser un espectador excelente… la excelencia como espectador me dio mucha más felicidad. Yo le tengo mucha admiración a los hombres y a las mujeres que se dedican a esto, que eligen quedarse solos en un escenario ante un público entendido. No pudiendo ser más o menos, ni mucho menos mediocre -tenés que ser bueno, o muy bueno-, y el registro entre ser bueno y muy bueno requiere mucha valentía del artista. Lo más parecido para mí a los cantantes es el torero, porque al torero si falla le espera la muerte, al cantante el ridículo, del que no se vuelve.

¿Qué pensás de la práctica de abucheo en los teatros de ópera?

Pienso que es una atrocidad total. Yo ni siquiera le daría el silencio a un artista que no me gusta, a lo sumo un aplauso leve. Por eso nunca hablo mal de ningún espectáculo. No soy un especialista, soy un amante. Yo hablo de lo que me gusta y entusiasmo a otros hablando por radio. Y esto me pasa con el teatro de prosa al que voy tres noches por semana. Veo cosas que no me agradan y les doy el beneficio del silencio, o a lo sumo digo “el público aplaudió muchísimo tal obra” y es verdad, pero yo no digo que no me gustó. No tengo ningún derecho, al no ser un conocedor, de arruinar o molestar el trabajo de alguien que a lo mejor estuvo tres meses rompiéndose el alma para hacer las cosas lo mejor posible. Distinto es el caso del crítico, él tiene una obligación. Pobre, es horrible trabajar de eso. Porque, además, es difícil que el crítico no tenga también una cuestión de subjetividad.

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Víctor Hugo condujo un programa de ópera durante diecisiete años en FM Clásica, con Boris Laures como productor. “Con él hice una de las cosas más soñadas que hay –recuerda-. Nos fuimos a Italia donde hacíamos: una ciudad, una ópera, una cena. Llegábamos al mediodía a Bologna, recorríamos la ciudad, veíamos una ópera, cenábamos. Al día siguiente íbamos a Torino y lo mismo. El combo ideal”.

Pocos saben que la labor que el periodista uruguayo realizó durante su paso por Radio Nacional hablando de ópera fue ad honorem. “Yo entendía que no tenía derecho a ganar dinero con eso –asegura-. Mi criterio es que soy espectador profesional, por lo tanto nunca quise ganar nada”. Es por eso que, en el año ‘97, cuando colaboró unos meses en un canal llamado Bravo –una señal que en ese tiempo estaba dedicada a las bellas artes-, decidió destinar el dinero que cobró por ese trabajo a armar un concurso de piano cuya final fue en los Salones Dorado del Colón, del cual resultó ganadora Valeria Briático. De ese certamen participó también Horacio Lavandera.

¿Por qué no seguiste con el programa de radio?

Porque cambió el gobierno y porque a mí me gusta trabajarle gratis al Estado, pero no a este gobierno. Y creo que hice bien en irme, me dio mucha pena, porque estuve diecisiete años y no falté nunca a ningún programa. Cuando estaba afuera del país, lo hacía por teléfono, pagando yo mismo el costo de esas llamadas. Me acuerdo de que, cuando empezó a visibilizarse la cuestión política, la gente llamaba a quejarse de por qué tenían que pagarme un programa desde París y yo les contestaba que no le costaba un solo peso al Estado, me lo pagaba todo yo. Ese fue mi gesto de independencia y fue maravilloso tenerlo.

El hecho de no estar haciendo el programa ahora me ha quitado un poco de entrenamiento. No sabía lo que sabe Boris, pero tenía un conocimiento profundo de lo que estaba pasando en el mundo, qué concierto, que ópera, etc. A veces llegan las ocho de la noche y todavía digo “en el Met está empezando tal ópera”, y me figuro, veo el escenario, sé cómo es, con cualquier sitio me hago la película de lo que está pasando.

¿Por qué crees que hay tanto prejuicio con la ópera?

Porque a la propia gente del ambiente le gusta hacerlo como más cerrado. Es muy crítica del que no sabe y lo inhibe. Si en una cena de veinte personas, dieciocho dicen que tal película es mala y a vos te gustó, no te animas a decirlo, porque estás respetando ese punto de vista. Y en el mundo de la música hay mucha gente que, sin quererlo -quizás-, se comporta elitistamente, es decir, es muy crítica de la ignorancia del que sabe menos. Y ni siquiera se trata de saber más o menos porque, si fuera así, todos los que saben estarían de acuerdo sobre cada cosa y no, para nada lo están. Se trata de tener un entrenamiento que te permita más disfrute.

Me acuerdo de que mi mujer en los años noventa me dijo “Debussy no me entra”. Veníamos de ver en el Auditorio de Belgrano, creo, La mar, y mi respuesta fue: “No te preocupes, ya vamos a llegar a Debussy”. Es decir, hay un paladar que se va enriqueciendo permanentemente. Igual que con la comida: un niño empieza comiendo puré. Yo creo que todo lo que hay de diferencia es el entrenamiento.

¿Y cómo se logra esa diferencia?

Yo sé cuándo un cantante es muy bueno y cuando es malo, no tengo matices. La inmensidad de matices no la puedo determinar pero, si estoy viendo un gran cantante seguro que la pego, porque he visto muchos grandes cantantes. Llevo treinta años consecutivos de ópera. Viendo mucho todo lo que hay aquí, en el Colón, en el Argentino del que he sido habitué, Buenos Aires Lírica, Juventus Lyrica, todas las compañías chicas que se han armado y todas las otras que quizás no tienen una continuidad, sobre todo del barroco. Cualquier persona podría, con el entrenamiento adecuado, distinguir esto, porque ni siquiera necesita oído, de hecho yo no lo tengo. Tengo una posibilidad de comparar. ¿Cómo sabrías al cabo de diez partidos qué jugador es bueno y cuál es malo, si sabe jugar al fútbol o no sabe jugar al fútbol? Porque al haber visto diez partidos y al haber visto diez veces a uno bueno, te das cuenta de los que no son tan buenos. Es muy sencillo. Entonces, lo que exige como base del disfrute al entrenamiento, algunos lo convierten en sabiduría.

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La acumulación de bienes materiales no le interesa a Víctor Hugo. No tiene auto ni lo entusiasman las cosas caras. Los trajes que usa los realizó una persona que lo admira que tiene una sastrería en Berazategui, y que ni siquiera le pide a cambio que lo mencione. Nunca se dejó tomar medidas, porque para él eso es perder el tiempo. Sin embargo, a cambio de una experiencia artística, es capaz de hacer cualquier cosa, “de las que no se pueden contar”, confiesa.

El conductor ya conoce las peculiaridades de los revendedores de entradas de la ópera de París, de Nueva York, de Milán. Ahora también de Moscú. Es capaz de reconocerlos a una cuadra y adelantarse para conseguir el último ticket para escuchar a Plácido Domingo entre doscientas personas que ansían una ubicación y no le importa ingresar al teatro cargado de miradas de odio. “En París, por ejemplo, la reventa no es una actividad ilícita, hay un negocio ahí, por eso tenés garantía de que siempre hay”, señala. La primera vez que fue al Covent Garden, en los años ‘90, pagó una fortuna por una localidad. La gente a su alrededor sufría, le imploraban: “¡No pagues eso!”, pero si él ya decidió que no quiere perderse el espectáculo, es capaz de acceder a abonar un disparate. “Un disparate accesible para mí –aclara-, pero disparate al fin”.

Conoce bien los precios de las entradas en los diferentes teatros del mundo. Del Colón no tiene demasiada información ya que posee un abono del que se encarga su mujer: “Ella es la responsable económica de la familia”, afirma. Desde siempre comparten salidas a espectáculos de cine, teatro, conciertos. Varias veces, en medio de una función en alguna casa de ópera, se han dicho: “Qué suerte que tenemos de que nos guste esto”.

¿Con el género popular te pasa lo mismo?

Sí, por Barbra Streisand en un espectáculo en el Metropolitan pagué cualquier cosa y me acuerdo de que el tipo que estaba al lado mío había pagado cuatro veces menos. Porque en la reventa te pegan cualquier sablazo. Pero vos estás en otra ciudad y entonces sacás cuentas y es tres veces más caro que el Colón, pero ya estás ahí, ¿qué vas a hacer? Si ese es tu disfrute. Después lo prorrateás ahorrando en otras cosas.

 

Víctor Hugo se siente cómodo hablando sobre sus noches en la ópera en Argentina y alrededor del mundo, tiene tanto material que hasta podría escribir un libro. Ya ha afirmado varias veces que su pasión no es el fútbol, sino la música. “Lamento muchísimo tener que ponerme a trabajar”, se interrumpe a sí mismo en medio de una anécdota. Hace quince minutos, se unió a la mesa su productor cargando la notebook y los diarios del día para preparar su columna en el El Diario de C5N, que comienza en un rato nomás. Pero, en el contexto de esta nota, de política mejor no hablar.

  1. Me encantó el reportaje, quizás un poco porque comparto esa pasión por la música en general y por loa ópera en particular. Qué bueno que alguien tan sensible en lo social, tan inteligente y excelente en la comunicación, ayude con sus palabras a acercar a gente al inmenso placer de cultivarse en ser espectador de la música

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